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El Inquisidor

Las chimeneas del Este: de la herida de Onganía al grito de arraigo en los pueblos de Tucumán

El cierre masivo de 11 ingenios en 1966 por la dictadura militar sumió al interior tucumano en un éxodo forzado y un desierto económico. Seis décadas después, localidades del Este profundo como Lastenia y Los Ralos transforman las ruinas de su pasado industrial en trincheras de memoria, debate y educación frente a las históricas asimetrías de la región.

Por Redacción de El Inquisidor Tucumán

El silencio de una chimenea apagada mide el tiempo de otra manera en el Este tucumano. El 22 de agosto de 1966, el dictador Juan Carlos Onganía firmó el decreto-ley 16.926. El argumento oficial rezaba una supuesta “racionalización” económica para sanear una industria tucumana tildada de ineficiente. La realidad detrás del papel fue un golpe de hacha letal que desmanteló 11 de los 27 ingenios de la provincia, concentrando el mercado azucarero en pocas manos y condenando a pueblos enteros a un desgarro social del que Tucumán todavía intenta sanar.

La cicatriz de 1966: Números de un desastre humanitario

El impacto del cierre de fábricas emblemáticas como Lastenia, Los Ralos, San Antonio, San Ramón, Nueva Baviera o Esperanza no se limitó a la pérdida de un predio industrial. “No era solo una fábrica”, recuerdan los historiadores y sobrevivientes de la época: el ingenio era el centro integrador de la vida comunitaria, proveía salud, proveeduría, energía y sentido de pertenencia.

Al apagarse los trapiches, los datos duros revelaron la dimensión del colapso:

  • 50.000 trabajadores desocupados en forma directa e inmediata.
  • El desempleo trepó al 15%, triplicando la media nacional de ese año.
  • Más de 300.000 tucumanos se vieron obligados a emigrar permanentemente. Casi un tercio de la población total de la provincia abandonó su hogar con destino al Conurbano Bonaerense o villas de emergencia de la Capital Federal.
  • Una generación entera de niños quedó huérfana de la cotidianidad de sus padres, criados por sus abuelos en el interior profundo mientras la fuerza laboral joven buscaba el sustento a miles de kilómetros. [1]

La resistencia obrera, articulada en las calles por la Federación Obrera Tucumana de la Industria del Azúcar (FOTIA), pagó con sangre su oposición a los planes del régimen. El asesinato de la militante Hilda Guerrero de Molina en enero de 1967 en Bella Vista se convirtió en la bandera indiscutible de una lucha que hoy la provincia recuerda en cada rincón escolar y comunitario.


El Este tucumano hoy: Identidad como motor del futuro

Seis décadas después, el mapa productivo del Este de la provincia muestra claroscuros evidentes. La industria azucarera continúa siendo la principal columna económica regional, apuntalada por la producción de azúcar y bioetanol, pero la brecha socioeconómica instalada por el Operativo Tucumán dejó asimetrías difíciles de erradicar. [1, 2, 3]

Hoy, la fisonomía de estas localidades se reinventa desde la memoria histórica y la reconversión cultural.